Odio Africano

Como ya he comentado en alguna entrega previa, el fanzine nos servía para derramar todo tipo de  sustancias corrosivas sobre una serie de instituciones y personajes a los que convertíamos en blanco de nuestra iras. La sección de noticias breves, titulada “Veneno” en el segundo número, era el foro adecuado.

En honor a la verdad debo empezar por decir que la  tan gráfica expresión “Odio Africano”, se la escuché por primera vez a mi compadre Esteban Calle, y rápidamente la incorporé a mi repertorio: ” Me temo que la radio ya no va a poner más el disco de fulanito. Le han cogido Odio Africano“.

El Odio Africano, que no es por cierto denominación de origen,  es profundo, irracional e irreversible. Todo el mundo desarrolla Odio Africano por algo o alguien en algún momento de su vida y el que lo niegue es un mentiroso. Con las pasiones de la juventud, los episodios de Odio Africano son más virulentos, y en una relación tan visceral como la que nosotros manteníamos con la música en los 80 era imposible no experimentarlos.

De modo que teníamos en nuestro punto de mira a unos cuantos sujetos,  a los que considerábamos enemigos, intrusos  advenedizos o  desterrables de nuestro universo nuevaolero, supongo que pensábamos que había que expulsar a los mercaderes del templo y todo eso. Entre los objetos de nuestro Odio Africano estaban los críticos musicales de Barcelona, las discográficas, sobre todo Hispavox, el grupo Mecano, el productor Julián Ruiz, y el joven-esteta-asturiano Tino Casal.

Este último nos resultaba especialmente risible. En terminología Haddock se le podría definir como vendedor de alfombras, por cuanto, tratando de parecer neo-romántico, iba siempre cubierto por un generoso muestrario de jarapas de variados colores. Realmente nunca le conocimos, y según dicen era un tipo estupendo, pero lo cierto es que ante nuestros ojos vidriosos resultaba bastante patético. Lo que son las cosas, su temprana desaparición le elevó a la categoría de mito,  y ya nunca tuvimos que verle grabando duetos con Raphael ni luciendo lorzas en Supervivientes, como presumiblemente hubiera ocurrido a su debido tiempo.

El productor del finado Neo-Casal era precisamente Julián Ruiz, alguien que inexplicablemente llegó a convertirse en una  estrella, es un decir, de los estudios de grabación. Poseedor de un guardarropa que haría suicidarse a lo bonzo de pura envidia a los gerentes de Sastrería Cornejo, son muchas las leyendas urbanas que circulan en torno al personaje, y sus encuentros con las rock stars. Su éxito como productor es misterio que no esclarecería ni Jiménez del Oso redivivo, sin duda comparable al de Las Caras de Bélmez o al de La Chica de la Curva. Realizó numerosos estropicios, y los damnificados todavía se lamen las heridas a estas alturas. En  este documental cojonudo de La 2 se le menciona varias veces y no con añoranza por cierto. Lo cierto es que Julián Ruiz es un tipo que ama la música, de eso no me cabe duda, pero claro, a uno puede gustarle mucho el porno y eso no le convierte en John Holmes.

Más Odio Africano en próximos posts… (las imágenes son clicables)     

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